Paloma Moreno, actriz:El despegue de la hija de Consuelo Fernández
La hija de la ex Miss Chile y creadora de la boutique Harabel´s Consuelo Fernández ya olvidó por completo su pasado de modelo adolescente, y discretamente encaminó su vida a la actuación. Alta, astuta y muy libre de espíritu, Paloma Moreno viene llegando de Nueva York, donde se perfeccionó como actriz, y se prepara para el debut de la miniserie "Monvoisin", que en septiembre pondrá su figura en la televisión.
Paloma Moreno pestañea intranquila. Sus ojos café -enormes y vivaces como los de un dibujo animado- desaparecen intermitentes. Reaccionan nerviosos ante un repentino rayo de sol que atraviesa el ventanal del café donde conversamos. Ante esta luminosidad, que se descarga amarilla y cegadora, Paloma comienza a mover su cabeza con incomodidad. Trata de blindarlos con su mano, pero a los dos minutos, con una muy bien disfrazada molestia, se levanta de su silla y se ubica en la que está frente a ella.
El rápido movimiento la deja de espaldas al ventanal. Fuera del brillo. Donde ella, como repetirá varias veces en esta entrevista, prefirió mantenerse durante mucho tiempo. Hasta hoy.
Paloma Moreno tiene 26 años y es actriz. Es la hija mayor de Consuelo Fernández -ex Miss Chile, una de las chilenas más elegantes de fines de los 70 y los 80 y dueña de Harabel´s, una de las primeras tiendas con diseños europeos que se instaló en Santiago- y de Samuel Moreno, un reconocido polero nacional. De él, dicen, heredó la forma de los ojos y las pestañas. De su madre: el estilo y el encanto.
Consuelo Fernández -quien se autodefinía como "morena, alta, ojos oscuros, atractiva"- murió de cáncer a los 37 años, cuando Paloma tenía nueve. A esa edad, Paloma ya le había aclarado a su madre que quería ser actriz, y acostumbraba a esperar a que volviera de su trabajo para montarle un improvisado show infantil.
-Nada de otro mundo, puros juegos de niña que mi mamá miraba con paciencia. Si no me dejaba hacer mis shows me ponía a llorar. Así que se sentaba frente a mí; se moría de la risa y me decía que era la reina del drama, una teatrera por naturaleza -dice Paloma, mientras se arrellana en su silla y toma un sorbo de té chai sin azúcar.
Ahora está decidida a cumplir con una promesa infantil que no ha saldado por completo. Luego de una corta etapa como modelo en su adolescencia; de estudiar teatro en la Universidad Finis Terrae, y de viajar a Nueva York para aprender "el método" en Lee Strasberg Theatre and Film Institute, Paloma está a punto de estrenar el montaje "Mia", con la compañía teatral que formó con la joven directora Andrea García-Huidobro. También está esperando su debut televisivo en la miniserie "Monvoisin", una producción que relata el paso del retratista francés que marcó a la sociedad chilena de fines del siglo XIX en la que ella encarna a su aprendiz chilena. La producción -que fue financiada por el CNTV entre los proyectos bicentenario- se estrenará en septiembre en UCV Televisión.
-Hasta ahora, nadie me conoce como actriz, y cuando esto pase espero que mi carrera comience a moverse -dice Paloma con sus ojos de nuevo gigantes y con una sonrisa silenciosa en los labios.
-Pude haber lanzado mi carrera antes, pero tenía la necesidad de terminar de estudiar antes de dedicarme ciento por ciento a la actuación. Cuando fui modelo, me hicieron ofertas para la televisión, pero opté por los estudios formales, por la academia. Quería ir en contra de lo que he vivido o hecho desde niña. Siempre he vivido abriendo y cerrando mil carpetas al mismo tiempo: me salí del colegio a los 17 para dar exámenes libres; después dejé el modelaje cuando me estaba yendo muy bien, y no quería que esta misma dinámica sucediera con mis estudios de teatro. Quería terminar un ciclo en forma regular, sin interrupciones ni pausas en mi vida.
Paloma habla con seguridad, mientras un cobrizo halo del sol invernal de las cinco de la tarde se revienta en su espalda. La ilumina.
El pasado modelo
Exactamente hace diez años -cuando todavía estaba en segundo medio y vivía con su abuela, Eliana Olivares-, Paloma Moreno ganó la selección nacional del concurso Elite Model. Entonces viajó a la final internacional en Niza, Francia, y clasificó entre las 15 finalistas. Su buen resultado en el concurso de modelos -que le abrió las posibilidades de trabajar en el extranjero y consolidar su carrera en Chile- sólo comprobó lo que muchos pronosticaban desde que supieron de sus intenciones de entrar al modelaje: Paloma era la legítima heredera del legado que dejó su madre.
-Yo la conocía desde niña, y siempre supe que tenía gran potencial como modelo. De chica tuvo la misma actitud desenvuelta y de regia que todos adoraban de la Consuelo; también se notaba que sería muy alta y que tendría un carácter fuerte. Por eso le ofrecí entrar al concurso cuando tenía 14 años, pero con su familia decidieron esperar. Cuando cumplió quince, la Paloma llegó a la agencia con su tía Mónica (dueña de la boutique Cómplice) y entró al concurso -cuenta la productora de modas Magdalena Jiménez, quien por esos años dirigía Elite Model Look.
En agosto de 1999, Paloma y Caterina Jadresic -otra aspirante a modelo colegiala, que ahora vive en Nueva York, donde también estudia teatro- se convirtieron en las representantes chilenas a la final internacional. Allá partieron con Magdalena Jiménez de chaperona, y durante casi dos semanas se entrevistaron con jueces; fueron evaluadas por agentes de moda internacionales y compitieron contra una setentena de niñas llegadas de todo el mundo.
Ella la recuerda como una niñita con decisión, casi como una pequeña diva.
-Un día antes de la final, Paloma tenía su última entrevista, y se apareció con un bikini y tacos bien altos frente a los jueces. Su estrategia parece que le resultó, ya que al día siguiente clasificó entre las quince finalistas -dice Jiménez, quien todavía lamenta que Paloma no hubiera aprovechado la oportunidad de internacionalizar su carrera y que dejara repentina y discretamente su trabajo como modelo a los dos años.
Lía Fernández -su tía y dueña de la boutique de su mismo nombre en Nueva Costanera- tiene muy claras las razones del alejamiento de Paloma de las sesiones de fotos y las pasarelas.
-No era su mundo; le gustaba, pero no se sentía satisfecha. Tenía claro que necesitaba hacer algo más importante, y eso era la actuación. En la familia, tal como no nos sorprendimos cuando la llamaron para el concurso, tampoco nos extrañó que dejara el modelaje -dirá Lía cuando, de vuelta de la entrevista, Paloma entre a saludarla a su tienda y se pruebe un abrigo de diseñador italiano, que lucirá extraño, pero nada de mal, con los desgastados jeans y botines muy bajos que lleva puestos.
-Dejé de ser modelo sin arrepentimientos y muy agradecida, porque pude ganar mi plata durante ese tiempo y porque además me ayudó definir mi verdadera vocación-, agregará Paloma al tiempo, que se mirará al espejo con un gesto de satisfacción.
-Me encanta vestirme simple, pero siempre me ha gustado la buena ropa. Prácticamente fui criada en una tienda. Todavía recuerdo cuando mi mamá llegaba de sus viajes a Europa y desembalaba miles de cajas con chalecos, abrigos y vestidos que a mí me parecían fantásticos. Igual que su ropa llena de cosas preciosas -comentará, y entonces una imperceptible mueca de lejanía se reflejará en el espejo.
Sus recuerdos de Consuelo
Cuando Paloma habla de su madre lo hace con tranquilidad y con una suerte de idolatría que se marca en sus gestos, frases y detalles que deja a medio contar.
-Siempre me ha impresionado la forma en que la gente recuerda a mi mamá. Ella se murió en 1992, pero todavía hay gente que cuando me la encuentro no puede dejar de mencionarla. Me dicen que era tan elegante, simpática, con mucho humor y que llenaba todos los espacios cuando se aparecía.
-¿Qué sientes cuando escuchas eso?
-Me encanta escucharlo, porque para mí el recuerdo de mi mamá siempre ha resultado más placentero que triste, a pesar de que murió cuando todavía estaba muy chica. Y si tengo que ser franca, ser la hija de Consuelo Fernández siempre me ha jugado a favor más que en contra. Me ha abierto muchas puertas, pero nunca me ha cerrado ninguna. Además, me enorgullece ser la hija de una persona que dejó tan buena imagen entre la gente; de una mujer que se sacó la mugre trabajando, que dejó parada a su familia; que fue una madre que nunca estuvo ausente, y que hizo lo que quiso y no se arrepintió de sus decisiones. En eso espero llegar a parecerme a ella.
Paloma dice que los recuerdos que tiene de Consuelo son tantos, que le cuesta escoger alguno en especial. Pero entre titubeos, nombra algunos: un viaje en auto camino a Marbella con música de Bob Marley en la radio mientras atravesaban la cuesta El Melón, y las veces en que la acompañó en sus viajes a Europa para comprar ropa para la tienda. También dice que se acuerda del olor de su perfume Clinique, que ella sentía desde su dormitorio cuando su mamá venía llegando de vuelta a casa y la reconfortaba antes que le dijera: ya llegué.
-Ese perfume todavía existe en mi vida. Lo huelo mucho; me reconforta y me transporta. Dicen que la voz es lo primero que se olvida de una persona y los olores lo último. Yo me acuerdo algo de su risa, que era contagiosa y abierta, pero es su olor lo que tengo más grabado.
De lo que no lo gusta hablar demasiado es de la enfermedad de su madre. Dice que es algo que está suscrito a su vida privada. Que es mejor hablar de los momentos bonitos y del futuro.
-La adolescencia sin mamá es triste de recordar. Hubo un tiempo en que la pasé mal, pero por suerte siempre tuve el apoyo de mi familia y de mi abuela Eliana, con quien me fui a vivir, y la compañía de mi hermano Gastón (hijo del segundo matrimonio de Consuelo y hoy estudiante de Ingeniería Civil en la Universidad Católica).
Con su abuela Eliana Olivares vivió en un departamento en San Damián: un tercer piso, un lugar tranquilo en que estaban las cosas que dejó su mamá, como los muebles y las maletas grabadas con sus iniciales que llevaba en sus viajes. Ahí, Paloma también tenía su mascota, una coneja llamada Ema, con la que se sentaba en el balcón cuando llegaba del colegio.
Cuando cumplió 20 años, ya en la universidad, Paloma se fue a vivir sola.
-Era feliz con mi abuela y me encantaba sentirla como una madre, pero quería probarme que podía hacer mi propio lugar. Aunque mi abuela es lo más liberal y jamás nos impuso ultra severas reglas a nosotros con mi hermano, sentía que necesitaba mi independencia. Era agradable tener nana todo el tiempo, el refrigerador siempre lleno y estar en un barrio donde me sentía a gusto. Quería tener una vida más adulta. Empecé a trabajar después de los 15, y a los 20 era más adulta que otras niñas de esa misma edad. Además, llegó un momento en que comprendí que necesitaba manejar mis cosas, cuando te dan todo fácil, no les das sentido.
-¿Qué dijo tu abuela cuando se lo planteaste?
-Me apoyó enseguida, como siempre.
-¿Y tu papá?
-También me apoyó... la verdad es que con papá nos llevamos muy bien, pero nunca nos vimos tanto como quisiéramos. Por su actividad como polero, se hacía difícil. Igual nunca fue opción vivir con él. Mi mamá siempre quiso que nos quedáramos con mi abuela, y fue lo mejor. Y a mí no me habría gustado vivir en el campo, donde tiene su casa.
-¿Pero su contacto es permanente?
-Somos súper amigos. Siempre hay cosas que a uno le hubiera gustado que fueran distintas, pero superé eso. Él se casó de nuevo y tiene dos hijas preciosas; con ellas y con su mujer me llevo increíble. Y él sigue feliz arriba del caballo; de hecho, el año pasado se cayó y se partió el hígado, me tuvo súper preocupada. Pero el polo es su vida. Lo entiendo; yo siento eso por la actuación.
Su nuevo vuelo
Paloma volvió de Nueva York hace unos meses. Allá arrendó una casa con dos gatos en el barrio Carroll Gardens de Brooklyn, desde donde salía todos los días a la calle 14 de Manhattan, donde está el Lee Strasberg Theatre and Film Institute.
-Tomé un curso de seis meses, pero que me sirvió mucho; me pude haber quedado dos años para tener otro título profesional, pero no me convenció. No quería estudiar actuación dos veces, sólo profundizar algunas cosas. Además, la concepción de actor aquí no sólo se limita a la actuación, también aprendes a ser un poco de todo, iluminador, dramaturgo. Te enseñan a ser más artista.
-El método Strasberg trabaja con la memoria emotiva. ¿Qué recuerdos usaste?
-Muchos, pero el que me remeció fue cuando recreamos nuestra pieza de infancia y caminar por el escenario tocando los objetos, oliendo las cosas que sentíamos... Ahí me puse a llorar. En mi cabeza tenía la casa en la que vivía con mi mamá en Luis Carrera, una pieza de cabra chica, muy rosada. No fue un recuerdo desagradable; todo lo contrario, pero esa sensación de nostalgia me dio pena.
Aunque todavía falta para su debut oficial, antes de su partida a Nueva York Paloma ya había comenzado a participar en pequeños proyectos actorales independientes. Junto al grupo teatral "Los Hermanos Martínez" -la compañía de Claudia Celedón y José Martínez- realizó unos cortos humorísticos para un proyecto de programa televisivo que no tiene financiamiento, y también grabó "¡Vamos Chabela!", un piloto que el director Sebastián Silva ("La nana") realizó con la actriz Catalina Saavedra, basado en uno de los personajes de su primera película "La vida me mata".
-¿Y ahora estás preparada para salir de las sombras y debutar oficialmente como actriz?
-Sí. Lo bonito del teatro es que cada vez que sales al escenario te reafirmas como actriz. Estoy convencida de que encontré un camino que me estimula a ser curiosa, y eso te puede llevar a lugares muy bonitos.
-¿Qué papel te gustaría hacer?
-Cualquiera que se aleje mucho de mí.
-¿Y cómo sería eso?
-Una mujer muy reprimida. Sería todo un reto, porque yo he sido muy libre y feliz. Muy feliz.
El rápido movimiento la deja de espaldas al ventanal. Fuera del brillo. Donde ella, como repetirá varias veces en esta entrevista, prefirió mantenerse durante mucho tiempo. Hasta hoy.
Paloma Moreno tiene 26 años y es actriz. Es la hija mayor de Consuelo Fernández -ex Miss Chile, una de las chilenas más elegantes de fines de los 70 y los 80 y dueña de Harabel´s, una de las primeras tiendas con diseños europeos que se instaló en Santiago- y de Samuel Moreno, un reconocido polero nacional. De él, dicen, heredó la forma de los ojos y las pestañas. De su madre: el estilo y el encanto.
Consuelo Fernández -quien se autodefinía como "morena, alta, ojos oscuros, atractiva"- murió de cáncer a los 37 años, cuando Paloma tenía nueve. A esa edad, Paloma ya le había aclarado a su madre que quería ser actriz, y acostumbraba a esperar a que volviera de su trabajo para montarle un improvisado show infantil.
-Nada de otro mundo, puros juegos de niña que mi mamá miraba con paciencia. Si no me dejaba hacer mis shows me ponía a llorar. Así que se sentaba frente a mí; se moría de la risa y me decía que era la reina del drama, una teatrera por naturaleza -dice Paloma, mientras se arrellana en su silla y toma un sorbo de té chai sin azúcar.
Ahora está decidida a cumplir con una promesa infantil que no ha saldado por completo. Luego de una corta etapa como modelo en su adolescencia; de estudiar teatro en la Universidad Finis Terrae, y de viajar a Nueva York para aprender "el método" en Lee Strasberg Theatre and Film Institute, Paloma está a punto de estrenar el montaje "Mia", con la compañía teatral que formó con la joven directora Andrea García-Huidobro. También está esperando su debut televisivo en la miniserie "Monvoisin", una producción que relata el paso del retratista francés que marcó a la sociedad chilena de fines del siglo XIX en la que ella encarna a su aprendiz chilena. La producción -que fue financiada por el CNTV entre los proyectos bicentenario- se estrenará en septiembre en UCV Televisión.
-Hasta ahora, nadie me conoce como actriz, y cuando esto pase espero que mi carrera comience a moverse -dice Paloma con sus ojos de nuevo gigantes y con una sonrisa silenciosa en los labios.
-Pude haber lanzado mi carrera antes, pero tenía la necesidad de terminar de estudiar antes de dedicarme ciento por ciento a la actuación. Cuando fui modelo, me hicieron ofertas para la televisión, pero opté por los estudios formales, por la academia. Quería ir en contra de lo que he vivido o hecho desde niña. Siempre he vivido abriendo y cerrando mil carpetas al mismo tiempo: me salí del colegio a los 17 para dar exámenes libres; después dejé el modelaje cuando me estaba yendo muy bien, y no quería que esta misma dinámica sucediera con mis estudios de teatro. Quería terminar un ciclo en forma regular, sin interrupciones ni pausas en mi vida.
Paloma habla con seguridad, mientras un cobrizo halo del sol invernal de las cinco de la tarde se revienta en su espalda. La ilumina.
El pasado modelo
Exactamente hace diez años -cuando todavía estaba en segundo medio y vivía con su abuela, Eliana Olivares-, Paloma Moreno ganó la selección nacional del concurso Elite Model. Entonces viajó a la final internacional en Niza, Francia, y clasificó entre las 15 finalistas. Su buen resultado en el concurso de modelos -que le abrió las posibilidades de trabajar en el extranjero y consolidar su carrera en Chile- sólo comprobó lo que muchos pronosticaban desde que supieron de sus intenciones de entrar al modelaje: Paloma era la legítima heredera del legado que dejó su madre.
-Yo la conocía desde niña, y siempre supe que tenía gran potencial como modelo. De chica tuvo la misma actitud desenvuelta y de regia que todos adoraban de la Consuelo; también se notaba que sería muy alta y que tendría un carácter fuerte. Por eso le ofrecí entrar al concurso cuando tenía 14 años, pero con su familia decidieron esperar. Cuando cumplió quince, la Paloma llegó a la agencia con su tía Mónica (dueña de la boutique Cómplice) y entró al concurso -cuenta la productora de modas Magdalena Jiménez, quien por esos años dirigía Elite Model Look.
En agosto de 1999, Paloma y Caterina Jadresic -otra aspirante a modelo colegiala, que ahora vive en Nueva York, donde también estudia teatro- se convirtieron en las representantes chilenas a la final internacional. Allá partieron con Magdalena Jiménez de chaperona, y durante casi dos semanas se entrevistaron con jueces; fueron evaluadas por agentes de moda internacionales y compitieron contra una setentena de niñas llegadas de todo el mundo.
Ella la recuerda como una niñita con decisión, casi como una pequeña diva.
-Un día antes de la final, Paloma tenía su última entrevista, y se apareció con un bikini y tacos bien altos frente a los jueces. Su estrategia parece que le resultó, ya que al día siguiente clasificó entre las quince finalistas -dice Jiménez, quien todavía lamenta que Paloma no hubiera aprovechado la oportunidad de internacionalizar su carrera y que dejara repentina y discretamente su trabajo como modelo a los dos años.
Lía Fernández -su tía y dueña de la boutique de su mismo nombre en Nueva Costanera- tiene muy claras las razones del alejamiento de Paloma de las sesiones de fotos y las pasarelas.
-No era su mundo; le gustaba, pero no se sentía satisfecha. Tenía claro que necesitaba hacer algo más importante, y eso era la actuación. En la familia, tal como no nos sorprendimos cuando la llamaron para el concurso, tampoco nos extrañó que dejara el modelaje -dirá Lía cuando, de vuelta de la entrevista, Paloma entre a saludarla a su tienda y se pruebe un abrigo de diseñador italiano, que lucirá extraño, pero nada de mal, con los desgastados jeans y botines muy bajos que lleva puestos.
-Dejé de ser modelo sin arrepentimientos y muy agradecida, porque pude ganar mi plata durante ese tiempo y porque además me ayudó definir mi verdadera vocación-, agregará Paloma al tiempo, que se mirará al espejo con un gesto de satisfacción.
-Me encanta vestirme simple, pero siempre me ha gustado la buena ropa. Prácticamente fui criada en una tienda. Todavía recuerdo cuando mi mamá llegaba de sus viajes a Europa y desembalaba miles de cajas con chalecos, abrigos y vestidos que a mí me parecían fantásticos. Igual que su ropa llena de cosas preciosas -comentará, y entonces una imperceptible mueca de lejanía se reflejará en el espejo.
Sus recuerdos de Consuelo
Cuando Paloma habla de su madre lo hace con tranquilidad y con una suerte de idolatría que se marca en sus gestos, frases y detalles que deja a medio contar.
-Siempre me ha impresionado la forma en que la gente recuerda a mi mamá. Ella se murió en 1992, pero todavía hay gente que cuando me la encuentro no puede dejar de mencionarla. Me dicen que era tan elegante, simpática, con mucho humor y que llenaba todos los espacios cuando se aparecía.
-¿Qué sientes cuando escuchas eso?
-Me encanta escucharlo, porque para mí el recuerdo de mi mamá siempre ha resultado más placentero que triste, a pesar de que murió cuando todavía estaba muy chica. Y si tengo que ser franca, ser la hija de Consuelo Fernández siempre me ha jugado a favor más que en contra. Me ha abierto muchas puertas, pero nunca me ha cerrado ninguna. Además, me enorgullece ser la hija de una persona que dejó tan buena imagen entre la gente; de una mujer que se sacó la mugre trabajando, que dejó parada a su familia; que fue una madre que nunca estuvo ausente, y que hizo lo que quiso y no se arrepintió de sus decisiones. En eso espero llegar a parecerme a ella.
Paloma dice que los recuerdos que tiene de Consuelo son tantos, que le cuesta escoger alguno en especial. Pero entre titubeos, nombra algunos: un viaje en auto camino a Marbella con música de Bob Marley en la radio mientras atravesaban la cuesta El Melón, y las veces en que la acompañó en sus viajes a Europa para comprar ropa para la tienda. También dice que se acuerda del olor de su perfume Clinique, que ella sentía desde su dormitorio cuando su mamá venía llegando de vuelta a casa y la reconfortaba antes que le dijera: ya llegué.
-Ese perfume todavía existe en mi vida. Lo huelo mucho; me reconforta y me transporta. Dicen que la voz es lo primero que se olvida de una persona y los olores lo último. Yo me acuerdo algo de su risa, que era contagiosa y abierta, pero es su olor lo que tengo más grabado.
De lo que no lo gusta hablar demasiado es de la enfermedad de su madre. Dice que es algo que está suscrito a su vida privada. Que es mejor hablar de los momentos bonitos y del futuro.
-La adolescencia sin mamá es triste de recordar. Hubo un tiempo en que la pasé mal, pero por suerte siempre tuve el apoyo de mi familia y de mi abuela Eliana, con quien me fui a vivir, y la compañía de mi hermano Gastón (hijo del segundo matrimonio de Consuelo y hoy estudiante de Ingeniería Civil en la Universidad Católica).
Con su abuela Eliana Olivares vivió en un departamento en San Damián: un tercer piso, un lugar tranquilo en que estaban las cosas que dejó su mamá, como los muebles y las maletas grabadas con sus iniciales que llevaba en sus viajes. Ahí, Paloma también tenía su mascota, una coneja llamada Ema, con la que se sentaba en el balcón cuando llegaba del colegio.
Cuando cumplió 20 años, ya en la universidad, Paloma se fue a vivir sola.
-Era feliz con mi abuela y me encantaba sentirla como una madre, pero quería probarme que podía hacer mi propio lugar. Aunque mi abuela es lo más liberal y jamás nos impuso ultra severas reglas a nosotros con mi hermano, sentía que necesitaba mi independencia. Era agradable tener nana todo el tiempo, el refrigerador siempre lleno y estar en un barrio donde me sentía a gusto. Quería tener una vida más adulta. Empecé a trabajar después de los 15, y a los 20 era más adulta que otras niñas de esa misma edad. Además, llegó un momento en que comprendí que necesitaba manejar mis cosas, cuando te dan todo fácil, no les das sentido.
-¿Qué dijo tu abuela cuando se lo planteaste?
-Me apoyó enseguida, como siempre.
-¿Y tu papá?
-También me apoyó... la verdad es que con papá nos llevamos muy bien, pero nunca nos vimos tanto como quisiéramos. Por su actividad como polero, se hacía difícil. Igual nunca fue opción vivir con él. Mi mamá siempre quiso que nos quedáramos con mi abuela, y fue lo mejor. Y a mí no me habría gustado vivir en el campo, donde tiene su casa.
-¿Pero su contacto es permanente?
-Somos súper amigos. Siempre hay cosas que a uno le hubiera gustado que fueran distintas, pero superé eso. Él se casó de nuevo y tiene dos hijas preciosas; con ellas y con su mujer me llevo increíble. Y él sigue feliz arriba del caballo; de hecho, el año pasado se cayó y se partió el hígado, me tuvo súper preocupada. Pero el polo es su vida. Lo entiendo; yo siento eso por la actuación.
Su nuevo vuelo
Paloma volvió de Nueva York hace unos meses. Allá arrendó una casa con dos gatos en el barrio Carroll Gardens de Brooklyn, desde donde salía todos los días a la calle 14 de Manhattan, donde está el Lee Strasberg Theatre and Film Institute.
-Tomé un curso de seis meses, pero que me sirvió mucho; me pude haber quedado dos años para tener otro título profesional, pero no me convenció. No quería estudiar actuación dos veces, sólo profundizar algunas cosas. Además, la concepción de actor aquí no sólo se limita a la actuación, también aprendes a ser un poco de todo, iluminador, dramaturgo. Te enseñan a ser más artista.
-El método Strasberg trabaja con la memoria emotiva. ¿Qué recuerdos usaste?
-Muchos, pero el que me remeció fue cuando recreamos nuestra pieza de infancia y caminar por el escenario tocando los objetos, oliendo las cosas que sentíamos... Ahí me puse a llorar. En mi cabeza tenía la casa en la que vivía con mi mamá en Luis Carrera, una pieza de cabra chica, muy rosada. No fue un recuerdo desagradable; todo lo contrario, pero esa sensación de nostalgia me dio pena.
Aunque todavía falta para su debut oficial, antes de su partida a Nueva York Paloma ya había comenzado a participar en pequeños proyectos actorales independientes. Junto al grupo teatral "Los Hermanos Martínez" -la compañía de Claudia Celedón y José Martínez- realizó unos cortos humorísticos para un proyecto de programa televisivo que no tiene financiamiento, y también grabó "¡Vamos Chabela!", un piloto que el director Sebastián Silva ("La nana") realizó con la actriz Catalina Saavedra, basado en uno de los personajes de su primera película "La vida me mata".
-¿Y ahora estás preparada para salir de las sombras y debutar oficialmente como actriz?
-Sí. Lo bonito del teatro es que cada vez que sales al escenario te reafirmas como actriz. Estoy convencida de que encontré un camino que me estimula a ser curiosa, y eso te puede llevar a lugares muy bonitos.
-¿Qué papel te gustaría hacer?
-Cualquiera que se aleje mucho de mí.
-¿Y cómo sería eso?
-Una mujer muy reprimida. Sería todo un reto, porque yo he sido muy libre y feliz. Muy feliz.
Juan Luis Salinas T.
El Mercurio
Revista Ya
Martes 18 de agosto de 2009
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